• Nuria Embid

El verdadero poder y su aplicación cotidiana


Extracto del libro Una Vida con Sentido de Nuria Embid



—No le soporto. Le odio. Es muy mala persona. No le importa nadie salvo él mismo. ¡Abusa de mi buena fe! ¡Me humilla delante de mis compañeros!


Con estas palabras definió Alberto al director de una empresa en la que trabajaba como ingeniero. Llevaba meses queriendo cambiar de trabajo, pero no lo hacía porque se sentía culpable. ¡Cómo iba a abandonarle con la carga de trabajo que tenían! Así, Alberto se mantenía en una lucha interna mientras su superior le gritaba en público y le pedía trabajos que no le correspondían a él. Alberto se sometía a este trato y, si yo le preguntaba por qué lo hacía, me respondía que cuando lo tenía delante se sentía muy pequeño y no podía negarse a nada que le pidiera. En esta tesitura permaneció durante meses. La rabia iba aumentando conforme pasaba el tiempo.


En el transcurso de varias jornadas profundizamos en qué era lo que le llevaba a sostener aquella situación tan incómoda y dolorosa para él. En una de las sesiones ocurrió lo que para muchos es un momento clave que marca un sincero despertar.

En un estado de introspección Alberto fue llegando cada vez más a conectar con una emoción muy intensa.


—Estoy tan enfadado que si tuviera delante a mi director...


Apretó la mandíbula, su voz se cortó y sus puños se cerraron reprimiendo lo que realmente quería decir. Insistí en que se atreviera a expresar todo lo que sentía, aunque creyera que era inadecuado. Estaba en un espacio seguro donde no se iba a juzgar nada de lo que dijera. A pesar de que su gesto se endureció mostrando rabia, continuó durante unos minutos sin decir nada más. Su mirada permanecía fija en el suelo, como si la simple posibilidad de imaginar a su director delante de él le pudiera hacer explotar de ira.


Finalmente, entre dientes, murmuró:

—Si le dijera todo lo que pienso le podría hacer mucho daño, porque cuando yo me enfado hago daño.

—¿Cómo haces daño cuando te enfadas? —continué.

—Soy capaz de humillar al otro y decirle cosas muy duras. Alguna vez incluso he llegado a las manos. No —insistió—. No quiero enfadarme con él.

—Entonces —le dije—, la próxima vez que mires a tu director recuerda que estás mirando a tu sombra.


La sombra del ser humano habita en el mundo inconsciente. Guarda la información de nuestras lecciones pendientes de aprender, nuestros retos, nuestras dificultades. Nuestro poder se esconde en eso que denominamos la «sombra».

Reprimimos aspectos que se consideran desagradables o que, mal utilizados, pueden provocar incluso daño. Pero todo lo que mantenemos inconsciente termina saliendo a la luz en nuestra cotidianidad. Por eso llegan a nuestra vida personas que van a mostrarnos nuestra «sombra».


Le propuse a Alberto que imaginara a su director delante de él y le dijera: «Soy como tú».

Él levantó la cabeza, ofendido, y me miró fijamente.

—¿Qué? ¡Yo no soy como él!

—Antes dijiste que cuando te enfadas puedes hacer mucho daño. Humillar, incluso maltratar.

—Sí, pero...


Los ojos de Alberto se humedecieron. Me miró como si no pudiera creer lo que le estaba diciendo. Lo que le molestaba de la otra persona también estaba en él. Solo que él lo reprimía para tratar de ser bueno, adoptando así el papel de víctima. Alberto consideraba que él era el bueno y el otro el malo. Por este motivo se escondía de su director y se hacía pequeño delante de él. No quería ver su propia sombra.

Nuestro deseo de ser buenas personas y de ser aceptados por los demás nos lleva a quedar atrapados en un papel de víctimas. Reprimimos nuestro poder por miedo a perder la aceptación de los demás o a hacer daño al otro. Mientras tanto, habitualmente dejamos y preferimos que nos hagan daño a nosotros.


La personalidad-máscara se nutre de los aspectos de la sombra. Utiliza nuestros miedos o retos pendientes de resolver para crear su propia realidad de pensamientos autoengañosos.

El héroe y el villano típico de los cómics o de las películas son la representación de lo que ocurre dentro de cada uno de nosotros. Todos querríamos ser el héroe, pero en nuestra naturaleza humana están ambos.


Le propuse a Alberto que recordara todo lo que había dicho de su jefe y se atreviera a expresarlo en primera persona. Él se frotaba la cara con las manos tratando de encontrar el valor y la fuerza para hacerlo. Realmente es doloroso darse cuenta de que aquello que tanto te molesta del otro, y por lo cual le has juzgado en innumerables ocasiones, de alguna manera, en algún aspecto, está también en ti. Tras unos minutos muy incómodos para Alberto, se atrevió a decir:


—No me importa nadie salvo yo mismo. Abuso de los demás. Soy capaz de humillar a los que están a mi alrededor y de hacerles mucho daño.


Comenzó tímidamente, pero poco a poco parecía que cada vez se sentía más cómodo. De modo que de forma espontánea prosiguió:


—Vaya, ahora me doy cuenta de que también suelo utilizar a los demás tratando de que hagan lo que a mí me interesa.


Conforme hablaba, su cuerpo iba adoptando una postura más erguida. Para su sorpresa, cuanto más expresaba lo que le resultaba desagradable de sí mismo, mejor se sentía.


—Cuando el otro no hace lo que yo quiero me enfado para tratar de llamar su atención.

Para entonces, su cabeza ya se elevaba al frente con la mirada fija. Sus hombros se habían relajado y tenía los pies fuertemente apoyados en el suelo. Su postura mostraba seguridad y poder.


Unas semanas más tarde de aquella sesión, Alberto volvió. Su rostro resplandecía y sus ojos mostraban un brillo que no había visto antes en él. Me contó que había sido capaz de hablar con su jefe y que incluso se sintió fuerte a la vez que tranquilo mientras le comunicaba que dejaba su trabajo. Lo hizo sin miedo, sin enfado y sin reproches. Seguro de sí mismo.


Alberto comprendió por propia experiencia que el hecho de aceptar e integrar los aspectos de su sombra le permitía sentirse más capaz y poderoso. Sin embargo, esas capacidades no las iba a utilizar para hacer daño al otro. Ahora sabía que ese poder que antes escondía delante de su jefe ya no estaba teñido del dolor del que se siente obligado a someterse. Por lo tanto, podría utilizarlo de manera respetuosa.


No obstante, para Alberto este solo fue el principio de un gran viaje hacia su interior. La integración de nuestros aspectos luminosos y oscuros supone una gran profundización en nuestro mundo interno.


Reconocer la sombra no te hace mala persona, sino que te permite salir del juego víctima-verdugo. Sabrás, como Alberto, que eres capaz de enfadarte y de hacer daño. Pero podrás hacerte responsable de ello, liberar tus enfados sin causar dolor al otro y utilizar tu poder con respeto hacia los demás y hacia ti mismo. Asumir nuestra sombra implica asumir nuestro poder y responsabilizarnos de él.


Conforme vamos tomando conciencia de nuestro «lado oscuro», ya no necesitamos hacernos los buenos ante los demás porque lo bueno y lo malo, la luz y la sombra, el héroe y el villano, ya forman parte consciente de nosotros.


Lo que acabas de leer es un caso real. Seguro que de alguna manera te has sentido identificado porque todos solemos pensar que la culpa de lo que nos pasa es de de los demás.


Si quieres ampliar tu visión de la vida y dejar de sentirte víctima de tus circunstancias, puedes entrenarte y descubrir que la tu libertad no depende de otros sino únicamente de ti mismo.


Nuria Embid

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