• Nuria Embid

La ética en el liderazgo desde una visión profunda del ser humano

Son muchas las voces que demandan líderes éticos, con valores. Sin embargo, la humildad y la integridad no son fruto de la buena intención. Un líder debe prepararse, no solo en conocimientos sino a través de un entrenamiento que le confronte con sus miedos y con su manera de ver el mundo.

La ética de un líder surge de la transformación de su poder. El poder, en su origen, es una fuerza bruta que cuando se lleva a la práctica busca el beneficio propio, la acumulación de riqueza y la rivalidad, como elementos de empoderamiento.

La transformación de esta fuerza interna ocurre a través de la profundización psicológica en las estructuras inconscientes de la naturaleza humana. De esta manera, el dolor se convierte en la clave que debemos abordar para que un líder sea capaz de despertar el poder de los demás sin sentirse amenazado por ello.


Profundizar en el pasado resulta fundamental. Las experiencias que resultaron dolorosas, de manera inconsciente, despiertan un movimiento psicológico pendular de manera que la persona pasa de ser víctima a ser verdugo sin tan siquiera darse cuenta. El mecanismo es bien sencillo. Si antes me sentí menospreciado, para protegerme y no volver a pasar por ello aplico una reacción instintiva que me impulsa a ser yo el que menosprecie al otro.

Cuando se despiertan las fieras del pasado, afloran los recursos inconscientes de supervivencia emocional y éstos tienen tanto peso que eliminan cualquier atisbo de ética.

Este tipo de dinámicas que, en principio, permanecen ocultas deben aflorar porque son las que permiten que el líder sea capaz de pasar de un estado de conciencia a otro superior desde el cual podrá transformar su fuerza bruta en un poder íntegro. Solo puedo cambiar aquello de lo que soy consciente.

Una visión profunda del liderazgo nos permite comprender las dinámicas inconscientes de los juegos de poder y resolverlas desde su causa original. La transformación de esta fuerza interna forma parte de un entrenamiento vital y cotidiano en el cual la honestidad con uno mismo y el auténtico deseo de trabajar con integridad son el combustible que impulsan la experiencia interna y como consecuencia, la ética, la humildad y el sentido.




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